Radiación, mutaciones y ausencia humana: el inesperado éxito de los lobos de Chernóbil
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En el norte de Ucrania y el sur de Bielorrusia existe una región casi del tamaño del parque nacional de Yosemite donde la población humana es prácticamente inexistente. Hasta 1986, cientos de miles de personas vivían allí. Todo cambió tras la explosión del reactor de la central nuclear de Chernóbil, que obligó a una evacuación inmediata y dejó tras de sí ciudades fantasma, casas abandonadas y una extensa zona de exclusión.
Lo que para el ser humano se convirtió en un territorio inhabitable, para la fauna salvaje terminó siendo un refugio inesperado. Entre todas las especies que se asentaron en la región, los lobos destacan de forma especial. Cuatro décadas después del accidente, su población no solo ha sobrevivido a niveles de radiación muy superiores a los aceptables para las personas, sino que se ha multiplicado.
Tras la evacuación, la naturaleza ocupó rápidamente el espacio vacío. Bosques, praderas y humedales se expandieron sin carreteras nuevas, agricultura intensiva ni caza humana. Aunque la radiación permanecía en el suelo, en las plantas y en los animales, la presión humana desapareció casi por completo.
Para los lobos, esta ausencia ha sido decisiva. En otras regiones de Europa oriental, la especie convive con la persecución directa, la fragmentación del territorio y la caza. En la zona de exclusión de Chernóbil, en cambio, estos factores dejaron de existir de un día para otro.
Los estudios estiman que la densidad de lobos en la zona es varias veces superior a la de áreas protegidas comparables en Bielorrusia, una diferencia que resulta sorprendente si se tiene en cuenta que estos animales se sitúan en lo alto de la cadena alimentaria y acumulan radiación a través de sus presas.
La radiación liberada en 1986 tuvo efectos devastadores en la población humana, con un fuerte aumento de cánceres, especialmente de tiroides, en los años posteriores. En la fauna, las primeras investigaciones documentaron malformaciones y tasas elevadas de mutaciones.
Los lobos parecían candidatos claros a sufrir graves consecuencias. Como depredadores ápice, se alimentan de herbívoros contaminados, que a su vez consumen plantas que crecen en suelos radiactivos. Esta acumulación hace que su exposición diaria supere con creces los límites considerados seguros para las personas.
Sin embargo, las poblaciones de lobos no colapsaron. Al contrario, se mantuvieron estables y crecieron, lo que llevó a los científicos a preguntarse cómo era posible.
Análisis genéticos realizados en lobos de Chernóbil muestran cambios llamativos en su ADN. Algunas regiones del genoma evolucionan con mayor rapidez que en poblaciones alejadas de la zona, especialmente aquellas relacionadas con la respuesta inmunitaria y los mecanismos de defensa frente al cáncer.
Los investigadores señalan que los lobos no se han vuelto inmunes a la enfermedad, pero parecen tolerarla mejor. La radiación actúa como un filtro extremo, favoreciendo la supervivencia y reproducción de los individuos con mayor resistencia biológica. En pocas generaciones, la selección natural se habría intensificado de forma excepcional.
Este proceso convierte a los lobos de Chernóbil en un caso único para estudiar los efectos de la exposición crónica a radiación a lo largo de varias generaciones.
Más allá de la genética, hay un factor clave que explica el éxito de los lobos: la ausencia de seres humanos. Sin caza, sin carreteras y sin fragmentación del hábitat, los animales pueden desplazarse libremente, formar manadas estables y explotar un territorio amplio.
Para los investigadores, este hecho plantea una paradoja incómoda. La radiación, aun siendo peligrosa, ha resultado menos perjudicial para la supervivencia de los lobos que la presión directa del ser humano en otros lugares.
Hoy, la zona de exclusión de Chernóbil se ha convertido en un laboratorio natural. Los lobos no solo prosperan en un entorno extremo, sino que podrían aportar claves valiosas para comprender la resistencia al cáncer y los límites de la adaptación biológica.
Cuarenta años después del desastre, la región sigue siendo un recordatorio del impacto humano sobre el planeta, pero también de la capacidad de la vida salvaje para ocupar los espacios que dejamos atrás.
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