El telescopio Swift de la NASA cae a la Tierra tras casi 22 años en órbita y el fracaso de una misión de rescate

El telescopio espacial Swift de la NASA ha reentrado este miércoles 4 de noviembre en la atmósfera terrestre, poniendo fin a casi 22 años de observaciones científicas. El observatorio, de aproximadamente 1 450 kilogramos, descendió sin control sobre el norte de la isla indonesia de Sumatra a las 13:39, hora peninsular española, según los datos de seguimiento de la Fuerza Espacial de Estados Unidos. Su desaparición llega después del fracaso de una misión privada que pretendía elevarlo a una órbita más segura para prolongar su actividad.

La nave, lanzada en noviembre de 2004 para estudiar las explosiones de rayos gamma, había superado ampliamente los dos años de funcionamiento previstos inicialmente. Durante su trayectoria observó miles de fenómenos astronómicos y se convirtió en una herramienta fundamental para investigar algunos de los acontecimientos más energéticos del universo. La NASA había advertido de que la mayor parte de su estructura se destruiría durante la reentrada, aunque algunos componentes podrían haber sobrevivido al intenso calentamiento atmosférico.

 

Trayectoria final del telescopio espacial Swift de la NASA, que reentró en la atmósfera terrestre el 4 de noviembre de 2026 a las 12:39 UTC (13:39, hora peninsular española), sobre el norte de Sumatra, Indonesia. Elaboración de AstroAventura a partir de los datos de seguimiento de la Fuerza Espacial de Estados Unidos.

Una caída acelerada por la actividad solar y un rescate que nunca llegó

El Swift, cuyo nombre oficial desde 2018 era Neil Gehrels Swift Observatory, fue puesto en órbita el 20 de noviembre de 2004 mediante un cohete Delta II lanzado desde Cabo Cañaveral. A diferencia de otros telescopios espaciales, estaba diseñado para reaccionar rápidamente ante fenómenos transitorios, detectando explosiones de rayos gamma y orientando sus instrumentos hacia ellas antes de que desaparecieran sus emisiones residuales.

Para realizar esta tarea contaba con tres instrumentos principales, capaces de estudiar la radiación gamma, los rayos X y la luz ultravioleta y visible. Su sistema de respuesta automática le permitía localizar un estallido, comunicar sus coordenadas a otros observatorios y orientar sus telescopios en aproximadamente un minuto. Esta capacidad facilitó la observación de acontecimientos que anteriormente resultaban difíciles de estudiar debido a su corta duración.

Sin embargo, el observatorio carecía de un sistema de propulsión capaz de elevar su órbita. Durante años fue perdiendo altura lentamente por el rozamiento con las capas superiores de la atmósfera, un proceso que se intensificó debido al aumento de la actividad solar. La radiación procedente del Sol provoca la expansión de la atmósfera terrestre, incrementando la resistencia que experimentan los satélites situados en órbitas bajas.

Ante el deterioro de su trayectoria, la NASA decidió intentar una operación de rescate sin precedentes para un telescopio que no había sido diseñado para recibir mantenimiento orbital. En septiembre de 2025 adjudicó a la empresa estadounidense Katalyst Space Technologies un contrato de 30 millones de dólares para desarrollar una nave robótica capaz de encontrarse con Swift, sujetarlo y elevarlo hasta una órbita superior.

El vehículo, denominado LINK, estaba equipado con tres brazos robóticos y un sistema de propulsión destinado a ejecutar las maniobras necesarias. Fue lanzado el 3 de julio de 2026 mediante un cohete Pegasus XL, con el objetivo de aproximarse al telescopio y completar la operación durante el verano.

La misión comenzó a experimentar dificultades técnicas después de alcanzar el espacio. Los problemas de comunicación y del sistema de control de orientación impidieron garantizar las condiciones necesarias para capturar el observatorio. Aunque LINK consiguió aproximarse a una distancia de entre 12 y 15 kilómetros y obtener imágenes de Swift, la NASA anunció el 19 de agosto que abandonaba el intento de elevar su órbita.

Los responsables decidieron aprovechar el tiempo restante para ensayar algunos sistemas de propulsión y los brazos robóticos del vehículo, con vistas a futuras misiones de mantenimiento espacial. Finalmente, LINK también terminó reentrando en la atmósfera terrestre el 25 de septiembre, sin haber conseguido salvar al telescopio.

Vista de los brazos robóticos de la nave LINK, desarrollada por Katalyst Space Technologies para capturar el telescopio Swift y elevar su órbita. La fotografía, tomada desde el propio vehículo con la Tierra al fondo, muestra parte de sus sistemas durante las operaciones en el espacio. Katalyst Space

Casi 22 años de descubrimientos científicos antes de su última observación

Tras el fracaso del rescate, el equipo de Swift reanudó las observaciones científicas que había interrumpido temporalmente para reducir el rozamiento atmosférico y prolongar su permanencia en órbita. Durante sus últimas semanas, el telescopio continuó estudiando restos de supernovas, galaxias activas, agujeros negros y otros objetos del sistema solar.

Su actividad concluyó el 20 de octubre, cuando descendió hasta aproximadamente 275 kilómetros de altura. A esa distancia, la resistencia atmosférica impedía mantener la orientación necesaria para realizar observaciones estables. El telescopio entró en modo seguro y los controladores enviaron los comandos que pusieron fin a sus operaciones.

La NASA confirmó el cierre de la misión en un comunicado oficial publicado el 23 de octubre, destacando el extraordinario rendimiento de un observatorio que había multiplicado por más de diez su vida útil prevista.

Durante sus casi 22 años de funcionamiento, Swift observó más de 2 000 explosiones de rayos gamma y estudió más de 1 400 supernovas. También siguió la actividad de agujeros negros supermasivos, investigó estrellas destruidas por las fuerzas gravitatorias de estos objetos y participó en observaciones de asteroides y cometas.

Una de sus principales contribuciones llegó en mayo de 2005, cuando consiguió detectar la emisión residual de una explosión corta de rayos gamma, identificada como GRB 050509B. Estas observaciones ayudaron a respaldar la hipótesis de que algunos de esos estallidos se producen durante la fusión de estrellas de neutrones.

El observatorio también desempeñó un papel decisivo en el desarrollo de la astronomía de respuesta rápida, proporcionando alertas que permitían coordinar observaciones desde telescopios terrestres y espaciales. Según la agencia estadounidense, sus datos han contribuido a la publicación de aproximadamente 7 000 investigaciones científicas.

El legado de Swift continuará disponible para los investigadores a través de un archivo que reúne cerca de 12 terabytes de información, entre ellos más de 1,5 millones de imágenes obtenidas por su telescopio ultravioleta y óptico.

En cuanto a su regreso a la Tierra, la NASA había calculado una probabilidad aproximada de una entre 2 100 de que algún fragmento causase daños personales. La reentrada se produjo cerca de las coordenadas 3 grados norte y 99 grados este, sobre el norte de Sumatra, aunque la posible supervivencia y localización de restos todavía requiere comprobaciones adicionales.

Con la desaparición de Swift se cierra una de las misiones más longevas de la astronomía espacial de altas energías. Su final también refleja las dificultades de conservar satélites científicos en órbitas cada vez más bajas y el desafío tecnológico que supone intentar rescatarlos cuando sus sistemas originales no contemplaban operaciones de mantenimiento. El telescopio ha desaparecido de la órbita terrestre, pero sus observaciones continuarán alimentando investigaciones astronómicas durante décadas.

asi 22 años de descubrimientos científicos antes de su última observación

Tras el fracaso del rescate, el equipo de Swift reanudó las observaciones científicas que había interrumpido temporalmente para reducir el rozamiento atmosférico y prolongar su permanencia en órbita. Durante sus últimas semanas, el telescopio continuó estudiando restos de supernovas, galaxias activas, agujeros negros y otros objetos del sistema solar.

Su actividad concluyó el 20 de octubre, cuando descendió hasta aproximadamente 275 kilómetros de altura. A esa distancia, la resistencia atmosférica impedía mantener la orientación necesaria para realizar observaciones estables. El telescopio entró en modo seguro y los controladores enviaron los comandos que pusieron fin a sus operaciones.

La NASA confirmó el cierre de la misión en un comunicado oficial publicado el 23 de octubre, destacando el extraordinario rendimiento de un observatorio que había multiplicado por más de diez su vida útil prevista.

Durante sus casi 22 años de funcionamiento, Swift observó más de 2 000 explosiones de rayos gamma y estudió más de 1 400 supernovas. También siguió la actividad de agujeros negros supermasivos, investigó estrellas destruidas por las fuerzas gravitatorias de estos objetos y participó en observaciones de asteroides y cometas.

Una de sus principales contribuciones llegó en mayo de 2005, cuando consiguió detectar la emisión residual de una explosión corta de rayos gamma, identificada como GRB 050509B. Estas observaciones ayudaron a respaldar la hipótesis de que algunos de esos estallidos se producen durante la fusión de estrellas de neutrones.

El observatorio también desempeñó un papel decisivo en el desarrollo de la astronomía de respuesta rápida, proporcionando alertas que permitían coordinar observaciones desde telescopios terrestres y espaciales. Según la agencia estadounidense, sus datos han contribuido a la publicación de aproximadamente 7 000 investigaciones científicas.

El legado de Swift continuará disponible para los investigadores a través de un archivo que reúne cerca de 12 terabytes de información, entre ellos más de 1,5 millones de imágenes obtenidas por su telescopio ultravioleta y óptico.

En cuanto a su regreso a la Tierra, la NASA había calculado una probabilidad aproximada de una entre 2 100 de que algún fragmento causase daños personales. La reentrada se produjo cerca de las coordenadas 3 grados norte y 99 grados este, sobre el norte de Sumatra, aunque la posible supervivencia y localización de restos todavía requiere comprobaciones adicionales.

Con la desaparición de Swift se cierra una de las misiones más longevas de la astronomía espacial de altas energías. Su final también refleja las dificultades de conservar satélites científicos en órbitas cada vez más bajas y el desafío tecnológico que supone intentar rescatarlos cuando sus sistemas originales no contemplaban operaciones de mantenimiento. El telescopio ha desaparecido de la órbita terrestre, pero sus observaciones continuarán alimentando investigaciones astronómicas durante décadas.

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