Los satélites militares espía de la NASA que van a descifrar el mayor enigma del universo

El telescopio espacial Hubble fue hasta hace muy poco la joya de la corona para la exploración del cosmos. Esa responsabilidad pasó luego al James Webb, pero con un gran coste en el desarrollo de un nuevo tipo de espejo. Por eso, cuando el Pentágono regaló a la NASA dos espejos destinados a satélites espía del tamaño y calidad del primero, se lanzaron a una lluvia de ideas sobre cómo emplearlos.

Diseño KH-11
Imagen ilustrativa con la posible forma de la serie KH-11 basándose en lo que se sabe de esta y en la forma del Hubble. Fuente: Wikicommons

Toda historia tiene un principio

A la NASA le llegó un importante regalo en forma de dos espejos completos con 2,4 metros de diámetro para su uso en un satélite. Pero, cabe preguntarse de donde salió tamaño presente, valorado en 250 millones de dólares.

Su origen es la oscura y secreta Oficina Nacional de Reconocimiento, la encargada de operar los satélites espía de Estados Unidos. Corría el final del milenio pasado cuando se decidió que los vetustos KH-11 habían llegado al final de su vida y que se debía buscar un nuevo diseño. Estos fueron los primeros del tipo optrónico, que permitía transmitir todas las imágenes captadas sin necesidad de enviar la película fotográfica de vuelta a Tierra. Una enorme ventaja, y además habían recibido sucesivas mejoras a lo largo del tiempo. También existían los KH-12, con capacidades contra la detección o más comúnmente conocidas como stealth presumiblemente en el espectro infrarrojo y/o en el radar. Pero su altísimo coste los descartó como sucesores de la serie Crystal (los KH-11).

Al principio los sobrecostes eran asumibles, además el hecho de ser un proyecto muy secreto hacía que una mirada crítica externa fuera improbable. Pero llegó un momento en que fue inasumible, y el escándalo, notorio al saberse la cancelación tras gastar 10 mil millones de dólares para no obtener ningún resultado claro.

Imagen del observatorio Nancy Grace Roman en el espacio. Fuente: NASA/JPL

Un regalo que se envenenó

Al principio, como se podrá imaginar, todo era alegría en Houston. Del mismísimo cielo llegaban dos espejos idénticos o mejores que su mejor tecnología en aquel momento. Y ni cortos ni perezosos en pocos meses se encontró la utilidad al primero de ellos: un telescopio espacial dedicado a la energía oscura. El Nancy Grace Roman no se llevará los grandes titulares de otros, pero estos observatorios son importantes en otros campos.

Este programa no estaba previsto que recibiera una lente tan capaz, pero al final, uno de sus componentes más caros, había sido recibido gratis y con mejoras a los previstos. Así que fueron pocas las voces que advirtieron de lo que sucedería poco después.

Primero vino el problema más obvio, la óptica estaba más pensada para mirar hacía abajo, la superficie de la Tierra que hacía los confines del universo. Pero contra esto no se podía hacer mucho, el primer sacrificio. Después, hubo que rediseñar parcialmente los instrumentos, para readaptarse al nuevo espejo, menos sensible al infrarrojo. Y por último, se acabó añadiendo un coronógrafo.

Este aparato, diseñado para bloquear la luz de las estrellas permite estudiar exoplanetas de forma directa, pero su coste es astronómico. Durante la administración Trump, el proyecto se intentó cancelar hasta en 3 ocasiones. Afortunadamente, tras el lanzamiento exitoso del James Webb, más fondos han quedado liberados para este telescopio espacial. Gracias a ellos su lanzamiento está previsto ahora en mayo de 2027

Diagrama que acompañaba la propuesta de misión de MOST. Fuente: NASA

Haciendo pequeño a HiRISE «un satélite espía en Marte»

Pero hacer un telescopio espacial no fue la única propuesta que hubo.

Si ya tienes las ópticas de un satélite espía, ¿por qué no usarlas directamente para su propósito original? Pues eso se propuso en MOST (Mars Orbiting Space Telescope). La NASA habría enviado a bordo de un Atlas V el orbitador que habría usado propulsión eléctrica para alcanzar Marte definitivamente.

La cámara HiRISE empleada en la sonda Mars Reconnaissance Orbiter permite una asombrosa resolución de 20 cm por píxel. Pero la cámara empleada por MOST habría alcanzado una resolución de hasta 8, suponiendo una órbita de 400 kilómetros, que podría haber bajado hasta los 200 kilómetros.

Pero no solo observaría mejor que nunca la superficie del planeta, aprovecharía la falta de campo magnético en Marte para observar galaxias jóvenes y atmósferas de exoplanetas en el ultravioleta. Portaría un instrumento similar a uno diseñado originalmente para el Hubble.

Imagen preliminar de lo que podría haber sido el Telescopio Espacial HORUS que observase el ultravioleta. Fuente: NASA

La realidad presupuestaria acabó siendo otra, y los sobrecostes y retrasos del James Webb, además de los del Nance Grace abortaron el resto de planes. Sin embargo, en futuros años, es posible que se vuelva a hablar de estas ópticas. La NASA podría recuperar estos satélites espía para su función original en Marte o quizá lanzar un muy capaz observatorio capaz de estudiar el ultravioleta. Aunque para ello, deberían dejar de lado algún tiempo proyectos de muy alto riesgo y coste como han sido los grandes telescopios o el retorno de muestras de Marte.

Martín Morala Andrés