El fotógrafo que se anticipaba a la muerte

 
 

Mafiosos acribillados a balazos, edificios en llamas, detenciones, accidentes… Nada relacionado con la violencia le fue ajeno a Arthur Fellig, alias Weegee, el fotorreportero que retrató el submundo nocturno de Nueva York en los años treinta y cuarenta del pasado siglo. ¿Cómo se las arreglaba para estar siempre en los lugares dónde saltaba la noticia? Entre sus muchos recursos -además del olfato y sus contactos- sabía interceptar la frecuencia de radio de la policía y los bomberos.

La Fundación Telefónica expone hasta el 17 de mayo Weegee’s New York, una impactante secuencia de 270 imágenes donde el visitante se puede encontrar con escenas truculentas, como cadáveres todavía calientes o rascacielos en llamas, y otras más digeribles, aunque igualmente desgarradoras: vagabundos tirados en las aceras, borrachos de mirada perdida, rostros crispados, angustiados, gritando o llorando. Pero la noche da mucho de sí y Arthur Fellig también supo detenerse en escenarios menos inclementes. Su cámara Speed Graphic captó parejas besándose en los bancos de la calle y en las butacas de los cines, muchedumbre de turistas bañándose en la playa y personajes anónimos celebrando algún acontecimiento.

 

Su coche, un Chevrolet, era su segunda vivienda. En el maletero tenía una cámara de fotos, carretes, líquido de revelar, repuestos de bombillas para el flash, películas de infrarrojos, un receptor de radioaficionado, una fresquera con bebidas y alimentos, cajas de puros, chubasqueros y un enorme paraguas. «Le llamaban Weegee, en alusión a su milagrosa capacidad de llegar a los sitios antes que la policía», manifestó el director general de Fundación Telefónica, Francisco Serrano. «Fue pionero en el periodismo sensacionalista, una mercancía que siempre ha tenido mucha demanda; en ese terreno, era el mejor y el más rápido».

El realizador Howard Franklin se inspiró en su vida cuando en 1992 filmó El ojo público, protagonizada por Joe Pesci y Barbara Hershey.