¿Está justificada la mala fama del gran tiburón blanco?

¿Está justificada la mala fama del gran tiburón blanco?

Shutterstock / VisionDive
A. Victoria de Andrés Fernández, Universidad de Málaga

Si hay un animal que arrastra una leyenda negra, ese es el tiburón blanco.

Cartel de la película Jaws (Tiburón), dirigida por Steven Spielberg en 1975.

Carcharodon carcharias (que es como se denomina taxonómicamente) es un consumidor cuaternario o superdepredador. Eso implica que se sitúa en el nivel más alto de la cadena trófica al incluir en su alimentación a otros depredadores, rasgo que comparte con otros “comecarnívoros” como las águilas, los osos polares o las orcas. Sin embargo, es el gran blanco el que encabeza el pódium de la especie más temida. De ello es responsable, en gran medida, la magnífica película Jaws (doblada al español como Tiburón), del no menos genial director Steven Spielberg.

La cuestión es: ¿merece de verdad esta especie esa temible fama?

El sexto sentido de los tiburones

Los escualos constituyen un grupo evolutivamente muy homogéneo y con un origen de lo más antiguo dentro de los vertebrados. En el cretácico (era mesozoica) ya existían representantes de prácticamente todos los grupos. Eso significa que han sobrevivido a lo largo de millones de años, compitiendo exitosamente con peces mucho más modernos gracias a que poseen caracteres anatómicos y fisiológicos bastante singulares.

Es de todos conocida la disposición multihilera de sus dientes, así como su extraordinaria sensibilidad olfativa. También es vox pópuli su forma de protraer las mandíbulas al atacar, hecho posible gracias a que su mandíbula superior (el cartílago palatocuadrado) no está soldada al cráneo.

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Pero quizás no sean tan populares sus exclusivas ampollas de Lorenzini. Se trata de un sexto sentido (en la interpretación literal del término) que se abre al exterior en multitud de poros, especialmente distinguibles en su cabeza. Con ellas, y jugando con las concentraciones de calcio y potasio de forma muy específica y adaptativa, consiguen detectar algo impensable para nosotros: campos electromagnéticos.

Este sentido lo usan para comunicarse durante sus interacciones sociales y reproductivas. Y, lo que es más fascinante, con él detectan presas incluso si están camufladas visualmente, permanecen estáticas o no emiten ningún olor. Como su umbral de detección es de un voltaje bajísimo (del orden de 5 nanovoltios/cm), detectan la presa simplemente por la alteración eléctrica de su latido cardíaco.

Para rematar, las ampollas de Lorenzini funcionan como brújulas endógenas que les procuran orientación permanentemente. Recordemos que nuestro planeta, gracias a su núcleo de hierro, es un gigantesco dipolo. Los seláceos, que detectan los campos magnéticos que éste genera, siempre tienen claras sus referencias cardinales.

Estamos pues, ante un grupo de animales que navegan y detectan presas o enemigos mejor que cualquiera de nuestras modernísimas embarcaciones dotadas de sónar, radar y GPS. Asombroso.

Electrorreceptores en la cabeza de un tiburón. Wikimedia Commons / Chris_huh / Angelito7

Un tiburón bastante especial

Todo lo que hemos expuesto hasta ahora lo comparten todos los elasmobranquios, desde el enorme tiburón ballena a la más humilde de las pintarrojas, pasando por los también temidos jaquetones (Carcharinus), tiburones tigre (Galeocerdo) o tiburones martillo (Sphyrna). Sin embargo, la fama se la lleva el tiburón blanco. ¿El motivo?

De entrada, pertenece a la familia de los lámnidos, un club selecto de cinco especies vivientes extraordinariamente hidrodinámicas, robustas, compactas, rápidas, grandes y con una dentición muy desarrollada. De todas ellas, Carcharodon carcharias es la que puede alcanzar un mayor tamaño. Y claro, a la hora de depredar, el tamaño importa.

Evitando todas las citas no contrastadas oficialmente de blancos de más de 7 metros, la mayor medición objetiva corresponde a una hembra de 6,3 metros de longitud total y 1,6 toneladas de peso. Interesante, especialmente si se trata de depredar sobre especies que, a su vez, son depredadoras, esto es, que pueden utilizar sus “armas” para su propia defensa.

Por otra parte, los grandes triángulos serrados que configuran las hileras de su dentadura, y que se orientan en varias direcciones simultáneamente, son eficientes sistemas de asegurar la captura y muerte de animales tan grandes como un león marino.

Tiburón blanco cazando un lobo marino (Arctocephalus pusillus) en la Isla de las Focas, cerca de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. Shutterstock / Alessandro De Maddalena

Gestión de la grasa

No queda ahí la cosa. El tiburón blanco posee un as en la manga que es básico para rentabilizar el proceso depredador. Antes de explicarlo es necesario recordar que, a diferencia de los osos o las orcas, hablamos de un pez, es decir, de un poiquilotermo o “animal de sangre fría”. Esto significa que su fisiología no le permitiría calentar lo que se está comiendo.

Es importante porque las grasas, para ser procesadas, tienen que estar en estado líquido, es decir, deben “derretirse”. Cuando usted se toma un buen chorizo o una rebanada de pan con mantequilla, su calor corporal propio de animal homeotermo hace que la fracción grasa de lo ingerido se funda en el estómago. Así las puede emulsionar con las sales biliares (que llegan al duodeno desde el colédoco) y, una vez digeridas, su intestino puede absorber los necesarios y calóricos ácidos grasos.

El tiburón blanco, en principio, no podría realizar este proceso por lo que de poco le serviría, en términos energéticos, la sabrosa y grasienta foca que se acaba de merendar. Pero la evolución lo ha dotado de un mecanismo espectacular: una rete mirabile extraordinariamente desarrollada. Se trata de una compleja red de arteriolas y vénulas muy cercanas entre sí que, por un sistema de contracorrientes, consigue dos efectos locales muy interesantes: elevar la presión parcial de oxígeno y aumentar la temperatura.

Esto evita que el calor generado metabólicamente por el escualo se disipe hacia el agua circundante, como le pasa normalmente a los peces, consiguiendo elevar su temperatura interna hasta 15ºC en áreas anatómicas concretas. Las consecuencias son más que provechosas: puede aumentar su área de distribución por aguas frías, su contracción muscular es más eficiente y rápida, su cerebro procesa mejor la información y su digestivo asimila las grasas con una eficiencia impensable para un pez.

En suma, no es sólo un extraordinario depredador por su anatomía, sino por una práctica homeotermia fisiológica que le permite depredar eficaz y activamente presas de sangre caliente como las rápidas focas o los ágiles nadadores pinnípedos.

Su fama es, por tanto, merecida. Y no necesita de efectos especiales postizos. Los mediocres directores de películas que han intentado emular al genial Spielberg se podían haber ahorrado los inviables rugidos de tigre en un animal que no tiene pulmones, y por lo tanto, nunca podría emitir esos “aéreos” sonidos.


Este artículo ha surgido como consecuencia de la tutorización del Trabajo Fin de Grado de Jesús Ponce Pérez, alumno de la UMA.The Conversation


A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.