La visión de la ciencia de Carl Sagan

Carl Sagan se fue muy joven, con solo 62 años. Pero no nos dejó huérfanos, sembró en todos nosotros el amor por la ciencia y el universo.
 
Su semilla hizo que quisiéramos saber siempre que hay más allá de lo que ven nuestros ojos.
 

La visión de la ciencia (y la vida) de Carl Sagan.

Roberto Takata/Labjor/DICYT

El mismo año en que un astronauta estadounidense dio un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la humanidad, simbolizando uno de los hitos de la era de la tecnociencia, un treintañero anónimo escribió un informe – publicado dos años después – sobre los efectos del consumo de marihuana en su producción científica.

Por cierto, el autor, llamado «Mr. X», consideró que la influencia era positiva, lo que presagiaba gran parte del debate que se entablaría 30 años después sobre los beneficios del cannabis sativa. Tres años después de su muerte, la identidad del controvertido ensayista fue revelada en una importante biografía: Carl Sagan: a Life (Keay Davidson, 1999, John Willey & Sons., 512 pp.).

 

Este episodio es muy revelador del carácter del astrónomo y divulgador científico estadounidense.

«Aunque necesariamente filtrado por la crítica rigurosa y el examen empírico, su punto de partida es la elaboración de las hipótesis más atrevidas, imaginativas y ‘locas'», dice Danilo Nogueira Albergaria Pereira, historiador de la Unimep y máster en divulgación científica y cultural del Labjor-Unicamp.


El 25 de agosto, durante la conferencia «La visión de la ciencia propagada por Carl Sagan», basada en su investigación de postgrado, Pereira trató de acercar a los alumnos del curso de especialización en Periodismo Científico de Laboratorio la filosofía del presentador de la aclamada serie de televisión Cosmos sobre la naturaleza del proceso científico que se puede entrevistar en su vasta obra de divulgación científica.

 

Pereira deconstruye la imagen de Sagan como materialista, ateo y antirreligioso. Sí, era materialista, quizá ateo -más bien agnóstico-, pero no antirreligioso.

Para el historiador, Sagan tenía en realidad una visión bastante religiosa de la ciencia: «Sagan decía que nosotros [las formas de vida inteligentes evolucionadas a partir de la materia generada en las estrellas] somos la forma que el universo ha encontrado para entenderse a sí mismo.

Esa es una visión metafísica, no exactamente racional, que cabría esperar de un científico que era un apasionado defensor de la racionalidad científica.»

Esta visión del científico como ateo militante se derivaría de una lectura errónea de una de sus obras más conocidas, el libro: «El mundo y sus demonios».

Es cierto que en ella el astrónomo combate la irracionalidad y una serie de sistemas de creencias no científicas: la Nueva Era, la parapsicología, los ovnis, etc. – y esto, explica Pereira, ha generado resistencia entre los religiosos e incluso sectores académicos anticientíficos. El malentendido también se vio reforzado por la apropiación de la obra por parte de los llamados grupos escépticos, adoptándola como una especie de biblia.

El historiador observa el carácter matizado de la concepción de la ciencia y su papel en la sociedad que presenta Sagan: «Eso es lo bueno de analizar en profundidad a un personaje como éste. Te das cuenta de que hay una serie de tensiones en su propio pensamiento, que no es una cosa cuadrada, blanca y negra».

Carl Sagan: el problema del ser humano al pensar que es el ombligo del mundo… (y del universo)

El trabajo de divulgación del científico es también la expresión de un proyecto político. Para Sagan, la difusión del conocimiento científico es una cuestión de supervivencia de la propia democracia: «Si el público no está dotado de la capacidad de reflexionar críticamente, y para ello la ciencia sería una herramienta que dotaría al público de esa capacidad crítica para separar el trigo de la paja en términos generales, la propia democracia no funciona».

Aunque reconocía la fuerte influencia de factores como los juegos de poder y las ideas preconcebidas en el proceso científico, Sagan defendía la acción del papel autocorrectivo de la ciencia, que depuraría las ideas incapaces de explicar adecuadamente los fenómenos naturales. Las hipótesis, por muy disparatadas que parezcan a primera vista, deben ser examinadas con detenimiento y espíritu crítico antes de ser aceptadas o rechazadas.

Un ejemplo de esta opinión se produjo en el debate público entre el astrónomo y psiquiatra ruso Immanuel Velikovsky sobre el origen del planeta Venus. Velikovsky, interpretando una serie de mitos de diversos orígenes, afirmó que Venus había sido expulsado de la atmósfera de Júpiter hasta su órbita actual. La academia no sólo rechazó de plano esta hipótesis, sino que quiso censurarla, impidiendo su publicidad. Sagan discutió los errores públicamente creyendo que el simple examen de las pruebas y contrapruebas bastaría para dejarlos de lado. «Peor que alguien diga un montón de tonterías es que la comunidad científica intente suprimir la libertad de expresión», resume Pereira.

Redacción