Christina Koch y la concordia que la Tierra incumple

El Premio Princesa de Asturias de la Concordia reconoce a una astronauta que ha convertido su experiencia lunar en una reflexión incómoda sobre nuestro mundo. Mientras celebramos las grandes conquistas espaciales, las guerras, la hostilidad política y la indiferencia siguen revelando nuestras dificultades para entendernos.

La humanidad parece entenderse mejor cuando contempla una nave camino de la Luna que cuando afronta sus propios conflictos. Es una paradoja difícil de justificar. Christina Koch la señaló durante la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, al preguntarse por qué necesitamos una misión espacial para sentirnos parte de una misma comunidad. Desde AstroAventura celebramos su reconocimiento y compartimos una reflexión que debería incomodar a quienes tienen en sus manos el destino de millones de personas. Nos enorgullece comprobar hasta dónde puede llegar el conocimiento, pero también nos preocupa la distancia entre nuestras conquistas científicas y la realidad política que nos rodea. Hemos aprendido a superar dificultades técnicas extraordinarias, a reunir el talento de miles de profesionales y a trabajar durante años para alcanzar un objetivo común. Sin embargo, esa voluntad de entendimiento escasea cuando están en juego la paz, los derechos fundamentales y la dignidad humana. Y las consecuencias son mucho más graves.

Artemis II representa una demostración admirable del valor del esfuerzo colectivo. Cuatro astronautas viajaron alrededor de la Luna gracias al trabajo de científicos, ingenieros y técnicos que compartían una exigencia de preparación, confianza y rigor. Nada podía dejarse al azar. Mientras tanto, Ucrania continúa sufriendo las consecuencias de la invasión rusa, Sudán padece una catástrofe humanitaria y Gaza afronta una devastación cuyas heridas tardarán años en cerrarse. Son conflictos con causas y responsabilidades diferentes, pero todos muestran hasta qué punto las decisiones políticas y militares pueden condenar a poblaciones enteras al sufrimiento. Nos resulta difícil aceptar que una civilización capaz de afrontar los riesgos del espacio siga mostrando semejante incapacidad para proteger vidas en su propio planeta. Defendemos la exploración espacial y la inversión científica por su contribución al progreso. Con idéntica convicción, reclamamos medidas eficaces contra el hambre, asistencia para los desplazados y esfuerzos diplomáticos capaces de frenar la destrucción. Porque sería una concepción muy pobre del desarrollo celebrar nuevos récords tecnológicos mientras asumimos como inevitables tragedias cuyas consecuencias conocemos sobradamente.

La responsabilidad recae especialmente sobre quienes convierten la división en una herramienta de poder. El miedo al extranjero, la deshumanización del adversario y el desprecio hacia quienes discrepan alimentan una hostilidad que dificulta cualquier acuerdo. Nos inquieta comprobar cómo se ensalza la concordia en los discursos institucionales mientras determinados dirigentes obtienen réditos electorales enfrentando a la sociedad. Hay una contradicción evidente. La convivencia exige gobernantes dispuestos a negociar, instituciones que protejan los derechos fundamentales y ciudadanos capaces de rechazar el odio, incluso cuando procede de quienes comparten sus ideas. La actividad espacial tampoco está libre de rivalidades estratégicas ni de intereses nacionales. Su historia demuestra, pese a ello, que es posible articular proyectos comunes entre países con prioridades diferentes, coordinar recursos y encontrar puntos de encuentro allí donde parecía difícil conseguirlos. Nos gustaría reconocer en la política una disposición semejante a escuchar, rectificar y alcanzar compromisos. Resulta sencillo aplaudir la confianza entre los integrantes de una tripulación. Practicarla con quienes piensan de manera distinta parece costarnos bastante más.

Koch acertó al advertir del riesgo de que el entusiasmo despertado por Artemis II termine siendo un episodio pasajero. Millones de personas pueden emocionarse simultáneamente ante una hazaña sin que desaparezcan las causas que las enfrentan. La emoción no basta. El verdadero alcance de la concordia se mide cuando exige renunciar a intereses inmediatos, auxiliar a desconocidos o alcanzar acuerdos difíciles. Esa es, a nuestro juicio, la mayor enseñanza de su intervención y la que debería perdurar después de la entrega del galardón. La ciencia amplía nuestra comprensión del universo y proporciona instrumentos para mejorar la vida, pero corresponde a las sociedades decidir cómo emplean esos avances y qué prioridades merecen sus recursos. En AstroAventura seguiremos defendiendo una investigación ambiciosa, abierta al intercambio internacional y comprometida con el saber. También reclamamos que esa excelencia vaya acompañada de una conciencia ética a su altura. Admirar cuanto somos capaces de construir juntos carece de sentido si aceptamos con resignación que nuestras diferencias impidan afrontar los problemas más urgentes.

Christina Koch recordó en Oviedo que su primera visita a España le enseñó cuánto podemos preocuparnos por personas desconocidas. La tragedia del Columbia la sorprendió entonces en una calle cualquiera. Años después, desde el espacio, contempló una Tierra cuyas fronteras resultaban invisibles. Ambas experiencias sostienen una enseñanza que hacemos nuestra.

Los mismos dedos que aplauden a Christina Koch por defender la concordia pueden firmar después una orden de bombardeo. Esa es la contradicción más cruel de nuestro tiempo. Hemos aprendido a llevar seres humanos hasta la Luna, mientras seguimos enviando bombas contra quienes comparten nuestra única Tierra.

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