El asombroso y mitológico poder del vaho de las serpientes

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El asombroso y mitológico poder del vaho de las serpientes

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David Clode / Unsplash
Alfonso Reynoso Rábago, Universidad de Guadalajara

Caminaba por un potrero cuando, de pronto, escuché un feroz bufido. Frente a mí descansaba una muy gruesa serpiente palanca (Bothrops asper), enrollada en voluminosa espiral. Por un momento, permanecí inmóvil, aterrorizado.

Observé cómo la sierpe erguía su cabeza y me miraba. Abrió su enorme boca y me mostró sus amenazantes colmillos. Tuve la sensación de que la serpiente exhalaba su aliento hacia mí.

Rápidamente, dos jóvenes indígenas que venían detrás lanzaron una lluvia de piedras al ofidio. Este, atemorizado, escapó con celeridad lejos de nosotros. Luego, uno de los jóvenes indígenas me dijo de manera contundente: “¡Suénate, maestro!”. Él estaba convencido de que yo había aspirado el aliento de la serpiente. Este, según sus creencias, provoca severos daños físicos y espirituales en el afectado.

Como yo no creía en ello, me negué a ejecutar su advertencia. Ante mi negativa, la angustia invadió el rostro de mi acompañante, que temía lo peor.

En efecto, creencias populares afirman la existencia de un poder hipnótico del vaho de las sierpes. Consideran que su aliento hipnotiza a sus presas, las atrae, las devora o provoca en ellas diversos trastornos. En este estado letárgico, la víbora puede tragar con facilidad a sus víctimas.

Pero ¿es veraz esta afirmación o se trata de una aserción sin fundamento objetivo? Examinemos este asunto.

Leyendas y creencias

Durante siglos, muchas personas han creído en el poder hipnótico del aliento de ciertos ofidios. He aquí unos testimonios:

En 1731, el padre Guillermo d’Être escribió que los misioneros del Amazonas corrían un grave peligro. En cualquier momento podían toparse con una horrorosa serpiente en su marcha por la selva: “Algunas sierpes descomunales detienen a los caminantes con su apestado aliento, los atacan y los tragan”.

Dibujo de una serpiente enrollada en una rama y atacando.
Ilustración de Reptiles and birds, una relación popular de sus diversos órdenes con una descripción de los hábitos y la economía de los más interesantes. Internet Archive Book Images

Una leyenda venezolana narra cómo un cacique indígena ocultó e hizo custodiar a su hija recién nacida. Los ojos verdes de la niña daban mala suerte y la destinaban a ser ofrenda al genio tutelar de la laguna cercana, una serpiente anaconda.

Un día los custodios se quedaron dormidos por el vaho de la sierpe. Entonces, la adolescente se acercó al agua y, en compañía de la anaconda, acabó sumergida en ella. El reptil se hinchó hasta ocupar toda la laguna. Debido a esto, las aguas se desbordaron y destruyeron el pueblo.

En 1745, Joseph Gumilla describió los ataques del culebrón buío que habita en el Orinoco. Este monstruo, al sentir ruido, se lanza hacia el tigre, león, ternera, venado u hombre.

Luego abre su terrible boca y arroja un vaho muy ponzoñoso y eficaz. Así detiene y atonta al animal o persona que infectó. Prontamente le va atrayendo hasta sus fauces a paso lento. Después, indefectiblemente lo traga.

¿Las serpientes hipnotizan a sus presas?

En realidad estos reptiles no poseen capacidad alguna para hipnotizar a sus víctimas. De hecho, ni siquiera pueden verlas bien por limitaciones en su sistema visual. La atribución del poder hipnótico de su vaho es una descripción ficticia o metafórica.

La serpiente Kaa intentando hipnotizar a Mowgli en El libro de la selva (2016).

Sin embargo, ciertos factores objetivos han contribuido a la construcción del mito que aquí interesa.

Uno de ellos es la estrategia que utilizan ciertas serpientes para atrapar a sus víctimas. A la hora de cazar, no tienen prisa, permanecen inmóviles hasta que su presa baja la guardia. Entonces se lanzan velozmente sobre ella.

En otras ocasiones, cuando la víctima identifica a la víbora, puede quedar paralizada por el terror. Es el momento que la serpiente aprovecha para lanzar su ataque. También algunos ofidios escupen veneno que paraliza a su presa o a algún otro ser que lo amenaza.

La víbora de tentáculos (Erpeton tentaculatum), pequeña serpiente acuática del sudeste de Asia, permanece inmóvil hasta que un pez se acerca. Luego lo hace huir pero, velozmente, la serpiente predice el movimiento del pez y se ubica en su camino (ver video). Así la presa nada directamente a la boca del depredador.

Son, pues, las estrategias de caza las que hacen a algunas serpientes hábiles cazadoras. No tienen poderes hipnóticos sobre sus presas.

El vaho de la serpiente en la literatura

Por otra parte, el vaho viperino es un motivo literario utilizado en algunas obras. En diversas culturas, los ofidios son un símbolo de sabiduría, tentación, engaño y poder oculto. Su aliento, como metáfora, puede representar diferentes conceptos dependiendo del contexto en el que se utilice, tales como la creación de una atmósfera misteriosa, siniestra, de peligro y muerte.

En Paradiso, el escritor cubano José Lezama Lima presta vida a una estatuilla de un gamo de madera y describe su temor: “la piel le temblaba como cuando intuía el soplo sobre la yerba, el vaho de la serpiente sobre la capa defensiva del rocío”

También el escritor venezolano Gabriel Jiménez Emán hace referencia a este motivo y escribe “atraída, como por el vaho de la serpiente del río, doña Bárbara deja el soportal del hotel, y marcha lentamente hasta la ribera. Una necesidad invencible y oscura la lleva hacia el paisaje fluvial”.

Y Henry Casalta Contasti, en Un espejo en la mano de Fedra, expresó de forma poética “que el llanto de la corteza del árbol no aflore a tus ojos, ni las placas escamosas del lagarto te abracen, ni el vaho de la serpiente venenosa, reptil o acuática, te alcance; ni las leves huellas de los animales te adelanten”.

En resumen, aunque sea un fantástico motivo literario, el vaho de la serpiente no hipnotiza a las presas de los ofidios. Es su estrategia la que los hace eficaces cazadores.The Conversation

Alfonso Reynoso Rábago, Profesor Investigador en Antropología, Universidad de Guadalajara

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.