El transbordador espacial europeo que nunca fue y aun así voló a la Luna

Imagen del Hermes en una exposición de la época

El transbordador espacial Hermes fue el primer proyecto europeo para disponer de una nave espacial tripulada propia. Treinta años después, aquellos planes resultan tan lejanos en el tiempo como extraños. Aquel programa nunca llegó a tener continuidad, pese a que tiempo después despegase la primera nave robótica europea hacia la Estación Espacial Internacional. Pero ese diseño no se parecía en nada a lo que aspiraba a ser Hermes.

Dibujo manual de cómo habría sido el despegue de un Ariane 5 con un Hermes
El Ariane 5 despega con el Hermes en lo alto rumbo a la órbita baja. ESA

El cohete de Hermes

En la mitología griega, Hermes era el mensajero de los dioses. Gracias a las alas de sus pies, era capaz de volar y realizar su cometido en Grecia para después regresar al monte Olimpo.

Igualmente, el transbordador europeo usaría sus alas para regresar a la Tierra desde la órbita terrestre. Específicamente, podría haberlo hecho en tierras españolas. Se estudió la posibilidad de aterrizar en Almería, donde el aeropuerto amplió su pista de aterrizaje hasta los 4,5 kilómetros para ello. Aunque lo más probable es que lo hubiera hecho en Francia, país impulsor del proyecto.

Su acceso al espacio sería más convencional, pero diferente al de los proyectos estadounidense y soviético. Mientras que el transbordador espacial de la NASA y el Buran de la U.R.S.S. empleaban un lanzador muy específico para volar, Hermes habría empleado el Ariane 5. El cohete que se convirtió en el principal vector europeo, e incluso en uno de los principales del mundo en el ámbito comercial, nació como parte necesaria del proyecto tripulado europeo. De hecho, pese a la cancelación de la nave alada, los requisitos del vuelo con humanos se mantuvieron. Un inconveniente en la actualidad, con el Ariane 6, es que esta capacidad no se tuvo en cuenta durante el diseño. Esto abarató el coste del nuevo lanzador, pero, en los últimos años, cuando el rumor sobre una nueva nave tripulada parece haberse convertido en un grito, supone un inconveniente notable.

Imagen generada por ordenador de c´´omo se habría visto el Ariane 5 y el Hermes
Imagen más actualizada del Ariane 5 con los propulsores laterales con 70 toneladas más de propelente sólido debido a la escalada de peso del Hermes. ESA/Mack Crawford

La decisión sobre esta capacidad en el Ariane 6 se tomó partiendo de lo perjudicial que había resultado para el Ariane 5. No solo aumentó los costes de desarrollo, operación y lanzamiento del cohete, sino que además condicionó su diseño, haciendo que la forma más rentable de operarlo requiriese dos grandes satélites que volasen juntos hacia la misma órbita. Esto, que constituye más una excepción que la norma, mermó su potencial en el mercado comercial. Además, la carencia de un vector intermedio entre el Vega italiano y el Ariane forzó la inclusión del Soyuz ruso en el catálogo de Arianespace. Esta relación finalizó prematuramente tras el inicio de la guerra de Ucrania.

Imagen conceptual del Hermes en 1987 sobrevolando Europa. ESA

Las alas de Hermes

El transbordador espacial europeo habría vuelto a tierra empleando alas, pero de un tamaño sustancialmente menor que las del Buran o el STS. Todo era considerablemente más pequeño en el proyecto europeo. Tanto el Energia soviético como el STS cargaban un total de unas cien toneladas, incluyendo el orbitador. Sin embargo, el modesto Ariane 5 habría sido capaz de transportar a Hermes, junto con una pequeña cantidad de carga, hasta un peso total de veintiuna toneladas.

Este reducido tamaño se aprecia especialmente en las alas, con apenas 10 metros de punta a punta. Era menos de la mitad de los 23 metros de los transbordadores estadounidense y soviético. La longitud no sufría una reducción tan acusada gracias al mejor diseño aerodinámico del prototipo europeo. Este habría empleado toda su superficie para generar sustentación, sin superficies extensibles, lo que simplificaba y aligeraba el diseño.

Imagen lateral y superior del Hermes con un humano para escala
Pese a su reducido tamaño frente a los otros aviones espaciales de la época, el Hermes era bastante grande. ESA

Dos pesos y una caída

Cuándo se inició el diseño de Hermes es, en realidad, un gran misterio. En Francia se llevaba estudiando cómo desarrollar un avión espacial desde los años sesenta, y las propuestas de la década siguiente ya se parecían notablemente a lo que, en 1982 y con el apoyo de la ESA, se convirtió en Hermes.

Su fecha de defunción es más clara. En noviembre de 1992, la cumbre de la ESA en Granada dio carpetazo al proyecto con un parón de tres años del que nunca salió. El principal problema que condujo a la cancelación del programa era, literalmente, su peso: la masa estaba fuera de control.

No es algo inusitado en la exploración espacial. Más recientemente, el programa Constellation acabó por el mismo problema. El Ariane 5 se diseñó con Hermes en mente, pero el lanzador se terminó primero, y ese desfase perjudicó a ambos proyectos. Originalmente, el cohete era capaz de lanzar 16 toneladas a órbita baja. Tras numerosas mejoras, en 2008 debutó la versión ES, que permitió alcanzar las 21 toneladas. Dieciséis años después del cierre del único proyecto europeo que ha desarrollado una nave tripulada, el cohete que debía lanzarla aún no era capaz de hacerlo. La última revisión del peso de Hermes lo situó en 24 toneladas, pero amenazaba con seguir aumentando debido a los problemas con el escudo térmico.

Corte del Hermes para ver su estructura interna. Este diagrama ya muestra uno de los últimos diseños sin bahía de carga y con tres astronautas. ESA/DLR

Esto tenía un impacto directo en el coste del programa. Para cuando se canceló, había llegado a absorber un 25 % del presupuesto anual de la ESA. Las estimaciones del coste total del avión espacial y del lanzador se sitúan en unos 40 000 millones de euros actuales. Esto habría sido solo ligeramente inferior al coste del transbordador espacial estadounidense. Solo la nave alada habría supuesto unos 28 000 millones.

Demasiado peso, tanto literal como monetario, acabó por matar el programa. Pero no fue el final para toda la tecnología desarrollada. A día de hoy, el regreso estadounidense a la Luna se asienta sobre los cimientos de esta nave.

Una maqueta de un A300 con el Hermes sobre su parte superior en su configuración de transporte a Korou
Más modesto tambien en su transporte, el Hermes habría volado a la Guayana francesa para sus lanzamientos encima de un Airbus A300. ESA/Airbus

Una extensa herencia

La nave alada tripulada europea se hundió, pero permitió construir una base industrial y tecnológica que perdura.

Tener una nave sin un destino es un despropósito, por eso, en paralelo, se empezó a desarrollar Columbus. Lo que originalmente habría sido una estación espacial completa de un solo módulo que recibiría visitas de Hermes acabó siendo una parte estructural de la Estación Espacial Internacional (EEI). El actual módulo europeo con ese nombre empezó su desarrollo en 1985 y acabó despegando en 2008. A día de hoy, se espera que se desintegre junto con el resto del laboratorio orbital, tras haber visto pasar a cientos de astronautas, en algún momento de la próxima década.

Pero Europa sí llegó a desarrollar una nave espacial. Muy diferente de lo que aspiraba a ser el proyecto original, la ESA mantuvo su palabra y creó una nave capaz de llevar suministros a la EEI. Esta fue la ATV, un cilindro presurizado de 10 metros de largo y 4,5 metros de diámetro.

Fotografia tomada desde el Módulo de Servicio Europeo en la que se ve una sección de este y la Luna
El Módulo de Servicio Europeo en primera plana con la Luna al fondo durante la misión Artemis I. NASA/ESA

Esta nave era tan avanzada que técnicamente podía lanzar astronautas. Su control ambiental derivaba completamente del de Hermes. Sin embargo, el mayor problema de todos se solventó eliminándolo. La ATV no sobrevivía a la reentrada, ni siquiera parcialmente. Esta solución radical se vio amenazada durante los escasos años en los que se fabricó, ya que varias propuestas de la ESA y de Airbus, su fabricante, planteaban formas de conseguir que una sección tripulable regresara a salvo a la Tierra.

Estos planes tuvieron un abrupto final cuando, tras solo cinco misiones, la nave fue cancelada. En su lugar, la ESA pasó a colaborar de forma directa en el regreso a la Luna. El recientemente cancelado programa Constellation había dejado un huérfano, la cápsula Orion. En 2012 se confirmó que la quinta ATV, que despegaría en 2014, sería la última. Después, el diseño pasaría a convertirse en la base del módulo de servicio de la nave estadounidense. En abril de 2026, la nave Orion impulsada por el Módulo de Servicio Europeo logró llevar a cuatro humanos alrededor de la Luna por primera vez desde 1972.

Imagen generada por ordenador del Space Rider
La herencia del Hermes sigue viva, el Space Rider es el próximo proyecto europeo para una nave reutilizable y podría despegar en menos de dos años. ESA

Hoy, la ESA vuelve a acercarse a la posibilidad de contar con una nave espacial propia. En este caso, la iniciativa procede directamente de la industria privada, mediante una fórmula contractual similar a la que ayudó a SpaceX a desarrollar la Dragon original y, posteriormente, su versión tripulada. The Exploration Company espera que Nyx pueda volar a la Estación Espacial Internacional a finales de 2028. Ese mismo año, aunque en sus primeros meses, deberíamos ver también el despegue inaugural de Space Rider, un concepto más similar en espíritu a Hermes.

Aunque prescinde de alas, se trata de un diseño de cuerpo sustentador que se mantiene en el aire gracias a su propia forma. Es sustancialmente más pequeño que Nyx y muchísimo más que Hermes, pero permitirá a la Agencia Espacial Europea investigar tecnologías hipersónicas, así como sistemas de recuperación y reutilización.

Sin embargo, ninguna de las dos propuestas se transformará en un sistema tripulado, pese a que desde 2022 la agencia espacial mantiene un esfuerzo constante por volver a ese camino. Una decisión de semejante magnitud económica solo puede ser tomada por los Estados miembros, y ninguno parece dispuesto, por ahora, a asumir ese esfuerzo.

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