En astrofísica, llevamos mucho tiempo intentando comprender el origen del universo, su evolución y su futuro. Lo hacemos con tesón, estudiando cada pequeña pieza, cada planeta, estrella, galaxia… para encajarlas, finalmente, en el sitio correcto del gran rompecabezas.
Este puzle consiste en un universo generado en el Big Bang, poco después del cual tuvo lugar el desacoplamiento de la materia y la luz. La gravedad, protagonista de la historia cósmica, empezó entonces a agrupar materia y, así, dio lugar a las primeras estrellas y galaxias. Durante unos 7 000 millones de años, el universo fue un lugar incómodo, donde las galaxias se fusionaban de manera violenta y formaban sistemas más grandes. Muchas estrellas nacieron en esta época. A continuación, en los últimos 7 000 millones de años, se entró en una etapa más tranquila, en la que las galaxias han crecido y se han desarrollado lentamente.
Una de ellas es la Vía Láctea, una galaxia espiral en la que sus componentes visibles (estrellas, gas y polvo) se distribuyen principalmente en forma de un disco que rota a una velocidad elevada.
Una galaxia que desafía lo esperable
Sin embargo, no todo encaja siempre a la perfección. Gracias al descubrimiento publicado en 2010 por un equipo de investigadores de China, Estados Unidos y Chile, hoy sabemos que la Vía Láctea no tiene bulbo central.
Esta especie de “pelota luminosa” sobresale en muchas de las galaxias espirales que vemos a nuestro alrededor. Y, aunque pueda parecer un capricho de la evolución galáctica sin más, su ausencia en la Vía Láctea tiene de particular que no encaja en el modelo cosmológico de evolución del universo arriba descrito.
Los bulbos son estructuras resistentes que aportan estabilidad a su galaxia y le permiten superar los fenómenos disruptivos del universo joven. ¿Cómo han sobrevivido, entonces, nuestro hogar estelar y el resto de galaxias espirales sin bulbo a los 7 000 millones de años de violencia cósmica?
El James Webb revela la violenta realidad del universo en sus inicios.
El proyecto BEARD: 54 galaxias sin bulbo
BEARD –siglas de Bulgeless Evolution And the Rise of Discs o evolución de las galaxias sin bulbo y la aparición de los discos– es un proyecto internacional liderado desde la Universidad de La Laguna y el Instituto de Astrofísica de Canarias, en Tenerife, cuyo objetivo es comprender este fenómeno cósmico.
Vivimos dentro de nuestra galaxia sin posibilidad actual de alejarnos lo suficiente para verla como un todo. Por tanto, la información que podemos obtener de ella es limitada.
Sí es posible, en cambio, observar otras galaxias similares, de las cuales podemos aprender cómo se formaron y qué procesos han influido en su evolución para, finalmente, entender cómo es posible que hoy estemos aquí, viviendo en la Vía Láctea. Ese es el objetivo de BEARD, que reúne a 35 astrofísicos de trece centros de investigación localizados en seis países de dos continentes distintos.
Estudiamos cada detalle de una muestra de 54 galaxias sin bulbo observadas durante más de 600 horas con varios telescopios e instrumentos del Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma. Contamos, además, con expertos y expertas en simulaciones numéricas que aportan el conocimiento teórico, para encajar las evidencias observacionales con el modelo físico del universo. Se trata de una aproximación multiinstrumental y multidisciplinar clave para desentrañar los secretos de galaxias como la nuestra.
En primer lugar, unos pocos discos puros tienen la fortuna de no toparse con grandes compañeras durante el camino. De esa manera, simplemente, no sufren las violentas colisiones que los destruirían.
Aunque aún hay preguntas sin respuesta: ¿cómo se forman los discos puros? ¿En qué momento pueden formar una barra de estrellas? ¿Cómo es la relación con las múltiples galaxias pequeñas que hay alrededor? BEARD tiene los datos, las herramientas y, sobre todo, el equipo de personas con las ganas y experiencia necesarias para responderlas en los próximos años.