Por qué la NASA va a salvar un telescopio espacial antes de que reentre en la atmósfera
Noticias: actualidad, ciencia, aventura y naturaleza. Acompáñanos al mundo curioso
El telescopio espacial Swift fue uno de los primeros proyectos de la NASA del nuevo milenio. A la vez que el James Webb empezaba a absorber todo el dinero disponible para astrofísica, el Swift despegó como el reemplazo de uno anterior, el Compton. Su predecesor, hermano del Hubble, fue uno de los primeros sistemas que permitió investigar los Rayos X. En cambio, el Swift se especializó únicamente en los destellos de Rayos Gamma
Tradicionalmente, la NASA ha buscado más asegurar las cosas que arriesgarse. Esto, a lo largo de las décadas, acabó construyendo una cultura de aversión al riesgo que se critica mucho, al menos desde la irrupción de SpaceX. Sin embargo, el nuevo administrador, Jared Isaacman, proveniente del mundo empresarial privado, está decidido a acabar con ello.
Esta misión Swift Boost es un claro ejemplo, la NASA nnca se la habría planteado, bien habría perdido sus capacidades, o habría buscado construir un reemplazo. En su lugar, se contrató de urgencia a una empresa privada, que ya estaba desarrollando la tecnología necesaria para realizarla.
La captura de un satélite, en este caso un observatorio no diseñado para ello, es extremadamente complicada. La agencia espacial realizó numerosos trabajos al respecto que concluyeron sin realizar ninguna misión. Ahora, Katalyst por treinta millones de dólares y en un plazo de solo nueve meses ha desarrollado y construido un vehículo orbital capaz de elevar la órbita del observatorio y mantenerlo operativo durante varios años más.
Este plazo es tan rápido, que varios proveedores de componentes fueron incapaces de entregarlos, obligando a la empresa a manufacturarlos. Simplemente, el negocio se mueve en el plazo de años o lustros, no de meses.
El objetivo del telescopio Swift es uno de los fenómenos más energéticos de la galaxia, y por tanto uno de los más fáciles de detectar, aunque estudiarlos no es tan sencillo. Su duración, que puede ser de unos pocos segundos, su distancia a la Tierra, que puede ser muy grande y su dispersión dificultan la obtención de datos necesaria para ahondar en ellos. Además, no son fenómenos demasiado habituales, hasta el momento no se ha podido detectar ninguno en la Vía Láctea. Gracias a la abundancia de galaxias, no son tan extraños, sin embargo solo se producen unos pocos por galaxia y millón de años.
Están asociados a la explosión de una estrella al final de su vida, las llamadas super novas. Aunque los de más corta duración provienen de la colisión de estrellas binarias de neutrones.
Su descubrimiento fue casual, en 1967 los satélites Vela estadounidenses, que estaban diseñados para detectar pruebas nucleares secretas empezaron a detectarlos. Los limitados datos aportados a la comunidad científica debido a la naturaleza militar de los satélites dieron lugar a teorías poco acertadas. Ya en 1991 el telescopio Compton empezó a estudiar más concienzudamente estos fenómenos.
Mantener en órbita un telescopio es significativamente más barato que construir otro. Incluso el lanzamiento de esta misión es barato, debido a ser el último cohete Pegasus, que nadie quería, pero estaba ya parcialmente construido. Pero, en caso de que salga mal, la NASA perderá el dinero de esta misión y el telescopio Swift. Sin embargo, está en sus últimos meses antes de reentrar, el telescopio desaparecerá antes de un año independientemente del resultado, lo que altera el cálculo de riesgos.