Miguel A. Julián/Agustín Amaro

Son los primeros extranjeros… y, seguramente, los últimos…

Pisar un lugar al que ningún extranjero ha llegado en décadas… ¿Es eso todavía posible? ¿En qué lugar del mundo puede suceder tal cosa? Estamos hablando de las regiones más remotas y desconocidas del Ártico Siberiano.

Cuando Maria Tyneskina me escribió un mensaje al móvil, me contó su historia familiar, y me dijo «te invitamos a venir y conocer nuestra cultura», no tenía duda alguna que iba a ser una aventura de la grandes, de las que marcan de por vida.

Masha (la abreviatura rusa del nombre Maria) pertenecía a la etnia de los Chuvantsy, una etnia indígena del Ártico Siberiano extremadamente desconocida, incluso para los mismos rusos. En un tiempo no muy lejano, no era más que un clan – o un subgrupo – de la etnia indígena de los Yukagiry, que dominaba – junto a los Chukchi – la región noreste de Siberia. Pero con el tiempo, el clan fue formando su propia cultura y lengua independiente, y finalmente derivó en la aparición de una nueva etnia indígena distinta a la de los Yukagiry.

El padre de Masha trabajaba en un campamento de pastores de renos nómadas en la tundra, en un territorio tan desconocido y remoto que cuando el controlador del aeropuerto de Anadyr – la capital de Chukotka – examinó nuestros pasajes de helicóptero rumbo al poblado de Markovo, nos miró con cara de sorpresa, y nos soltó un «¿en serio?» Aquel día fuimos los únicos pasajeros de aquel vuelo que nos llevaría a las entrañas de Chukotka.

En Markovo, nos esperaba Masha, que nos trató como a unos zares. «Toda la gente del poblado sabe que habéis venido… ¡incluso la gente de los poblados vecinos lo saben!» El último extranjero que había visitado el poblado de Markovo fue Dimitri Kieffer, en su famosa expedición Goliath, unos diez años atrás. La visita al internado, en donde viven y estudian durante todo el año los hijos de los pastores de renos nómadas, fue un acontecimiento muy especial.

Todos los niños querían hacerse fotos con nosotros, preguntarnos por nuestra vida en Europa… Todos estos niños conforman una nueva generación que, con toda probabilidad, perderá su conexión con la tundra y con el nomadismo de sus ancestros.

Tras Markovo, nuestro siguiente destino era Chuvanskoye, un pequeño poblado de 175 habitantes en donde vivía Dasha – la hermana de Masha – y sus padres. Allí nos estaban esperando para llevarnos a los campamentos nómadas. El camino a Chuvanskoye lo realizamos en un “Trekol”, un vehículo especial ruso para viajar por la tundra ártica.

Estábamos recorriendo territorios salvajes, alejados de absolutamente todo… Si algo ocurriese, ¿quién nos podría encontrar en mitad de la más absoluta «nada»? Al final del día, llegamos a lo alto de una colina, en donde pudimos vislumbrar el poblado de Chuvanskoye… allí abajo, como un oasis perdido…

Al contrario de lo que nos había sucedido en anteriores ocasiones, la gente de este poblado estaba muy orgullosa de vivir allí. Dasha nos mostraba su poblado con orgullo, siempre con palabras positivas… ¡daban ganas de quedarse! La gente que vive en estos poblados remotos, suele tener una actitud más «negativa», y en algún momento siempre te hacen la típica pregunta «¿y para qué vienes tú a este lugar?» Pero la actitud de Dasha era distinta, se podía sentir el orgullo que sentía de vivir allí.

Nuestro siguiente objetivo era el campamento nómada de los Chuvantsy. En el poblado todavía conservaban dos campamentos, mientras que en su poblado vecino – Lamutskoye – solamente quedaba en pie un único campamento. Llegó el momento y nos subimos a nuestra “Burán”, la moto de nieve más famosa de los añorados tiempos soviéticos, y nos ponemos rumbo al campamento nómada junto al padre de Masha y Dasha.

Pasamos por infinidad de ríos color turquesa, pequeños oasis de bosques que surgen en mitad de la tundra, valles rodeados de montes que no tienen nombre… pero si todo eso era asombroso, las vistas del campamento son de las que te quitan la respiración durante unos segundos. Tras reaccionar, me giro hacia a Agustín – mi compañero de viaje – y solamente se me ocurre decirle «Agus, menudo lugar al que acabamos de llegar, ¡qué pasada!»

El campamento estaba compuesto por tres tiendas forradas con piel de reno, situadas en lo alto de un pequeño monte, y con un corral para los renos a unos 500 metros colina abajo. La vista del campamento era… indescriptible. Estábamos en algún lugar indeterminado – nunca llevo GPS – en la frontera entre Chukotka y Kamchatka: los montes que teníamos tras nosotros ya pertenecían al territorio de Kamchatka. El campamento estaba compuesto por personas de las etnias Chuvantsy, Chukchi y Lamuty – formalmente llamados Eveny.

Habíamos venido en la época de la “koralizatsiya”, que es cuando reúnen a todos los renos en el corral para clasificarlos y pasar una inspección médica. Un veterinario del poblado se había acercado hasta el campamento. Nosotros seríamos dos personas más estos días, colaborando y trabajando junto al resto de componentes del campamento.

Una gran nube blanca se elevó tras una pequeña colina, y se acercaba poco a poco hacia nosotros, que estábamos esperando en el corral. Había centenares de renos en el campamento, y a cada paso levantaban la nieve bajo nuestros pies, formando una densa niebla que impedía ver el horizonte. Tras varias horas de duro trabajo, ya los teníamos a todos en el corral.

Era la hora de descansar… y volvimos al campamento para comer algo. Las mujeres lo tenían todo listo, se habían ausentado del corral un poco antes para que a nuestra llegada no tuviésemos que preocuparnos por nada.

«Me quedan pocos años para la jubilación, pero creo que a todo esto le queda menos tiempo todavía… no creo que vengamos a estos campamentos durante más de cinco o diez años.

Este mundo de las brigadas se termina, somos los últimos…» me comentaba un brigadista en una conversación informal. Las perspectivas de futuro eran muy negativas. «Este estilo de vida ya no es rentable. Los renos ya no dan ni para poder sobrevivir dignamente. Es más rentable venderlos a todos y volver al poblado» era la reflexión de otro brigadista.

Para tomar el té, fuimos a otra tienda, en donde estaba el jefe de la brigada, un hombre de pelo canoso muy comedido. «¿Cuántos extranjeros han visitado este campamento? Vinieron unos americanos hace un tiempo, ¿verdad?» le preguntó uno de los más jóvenes brigadistas al jefe. «Desde que yo estoy aquí, son los primeros extranjeros que pisan esta brigada… y, seguramente, los últimos…» le contestó el jefe.

Una sensación extraña invadió mi cuerpo, estábamos en un lugar de este planeta en donde éramos los primeros extranjeros que lo visitaban en décadas… esa noche salí de la tienda, el frío era helador, pero las vistas del cielo merecían la pena. Medité sobre lo que había comentado el jefe de la brigada… éramos unos afortunados.

Llegó el día de partir hacia Chuvanskoye de nuevo. Me quedaría mucho más tiempo aquí, pero teníamos que volver, los vuelos eran escasos en esta región, y no podíamos perderlos.

Nos despedimos del resto de brigadistas. La emoción se sentía en cada despedida. «¡Nos vemos!» le comento a una de las mujeres encargadas de la cocina. «¿Nos vemos? ¿Cuándo? No vais a volver, aquí nadie viene…» me replica. No supe qué contestarle. Quizá tenía razón… «Volveremos. Lo prometo.» le repliqué finalmente.

¿Volveré a este lugar antes de que desaparezca para siempre?