El transbordador espacial que pudo participar en un ataque nuclear durante la Guerra Fría

Imagen del último despegue del transbordador espacial. NASA

El transbordador espacial de la NASA nunca tuvo el diseño que la agencia quería, fue el que determinó el Departamento de Defensa el que se financió. Por eso la aerodinámica acabó pareciéndose a la de un ladrillo más que a la de un avión o un cuerpo sustentador. Compaginar todos los requisitos que tenían ambos actores era imposible con una solución única. Finalmente, la NASA acabó con un armatroste que no había pedido, y sin dinero para realizar la función para la que había nacido, construir una estación espacial.

El transbordador espacial de pruebas Enterprise en la plataforma SLC-6 de la base de la fuerza aérea de Vanderberg. Departamento de Defensa

Un ataque preventivo 

El perfil de la misión era extremadamente agresivo, empezaba con un lanzamiento hacía una órbita polar desde la base de Vanderberg. Este debía poner al transbordador en camino hacía una única pasada sobre el continente antártico. Poco después, ya sobrevolando el océano Pacífico, habría liberado una o varias cabezas nucleares, sus objetivos habrían sido Moscú, San Petersburgo u otras grandes ciudades de la Unión Soviética. Este ataque, proveniente desde el sur no habría podido ser detectado por los sistemas de alerta temprana del Pacto de Varsovia y habría descabezado la cúpula gubernamental para impedir una respuesta coordinada. Se consideraba que habría sido el primer golpe y se habría visto seguido por ataques a gran escala empleando misiles balísticos intercontinentales o bombarderos.

Fotografía antigua que ilustra los motores Vernier del Atlas original
Imagen de un misil ICBM Atlas, en el centro se ve la propulsión principal, y a los laterales con chorros en diagonal los icónicos motores Vernier. Fuente: USAF/USSF

Intentando convertirla en una misión de ida y vuelta

Pese a las dificultades de derribar un aparato en órbita terrestre, en caso de comenzar una guerra nuclear a escala completa, es un sitio poco recomendable para permanecer, por lo que entre los requisitos del transbordador se incluyó la necesidad de poder realizar una reentrada cruzada de más de 1500 kilómetros. Esto le habría permitido regresar a los Estados Unidos pese a que el ataque lo habría hecho sobre el océano.

Esto requirió de unas enormes alas en forma de ala delta, que no es la más aerodinámicamente eficiente. Sin embargo, es muy efectiva para realizar maniobras de altas G sostenidas, precisamente lo que supone maniobrar a velocidades hiper sónicas en las capas más altas de la atmósfera. De hecho, esta forma de ala se popularizo en los cazas de combate la década anterior al desarrollo del avión espacial por sus ventajas en régimen super sónico.

Sin embargo, para el planeo que debía realizar en su descenso final, esta geometría es contraproducente. Debido a su gran tamaño, la burbuja de aire queda atrapada en vez de fluir. Además, al levantar el morro, algo necesario a bajas velocidades cuando se aproxima a la pista, actúa como un paracaídas, frenando excesivamente al aparato.

Imagen de un X-37B estadounidense aterrizado en la estación de la Fuerza Espacial de Cabo Cañaveral

Al final, al Departamento de Defensa nunca le interesó usar el transbordador espacial en misiones propias y nunca llegó a despegar desde Vanderberg pese a estar totalmente preparado para ello. La misión pública oficial con la que se justificó originalmente el diseño alar se descartó como irrealizable muy pronto y con el diseño ya avanzado simplemente se buscó una nueva excusa con la que mantenerlo. Errores en el diseño como este, además de una mentalidad equivocada, fueron los que convirtieron al transbordador espacial en el desastre que se recoge en los libros de historia.

Martín Morala Andrés

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